EN CAMPOS DE NÍJAR

Con el ocre de la llanura sumergido en un mar de plástico, más toda la diversidad de acentos tiñendo el aire, se antoja lo distinto que sería Campos de Níjar, el relato de viaje de Juan Goytisolo, de haberse escrito estos días. O tal vez lo fuera solo en apariencia, porque si bien lugar y lugareños parecen otros, aún se siente a flor de piel, como enquistada en el ánimo, la impresión de “fatalismo” que le produjo al autor esta hermosa tierra tan marginada seis décadas atrás.    

La pobreza de antaño aún perdura, aunque con otro registro. Aquellos nijareños antiguos hechos de la escasez que veían la vida pasar soñando con Cataluña son ahora padres de prósperos empresarios, amos y señores de la llamada “huerta de Europa”, un rentable negocio alimenticio cuyo éxito se debe tanto al espíritu emprendedor y a la tecnología como a la mano de obra dócil y barata que brota sin cesar de África. En este sentido, la figura del jefe, o dueño de invernadero, pasa por ser aquí poco menos que Dios para el chorreo de inmigrantes que acuden a la comarca, incluso a pie desde la patera, con la esperanza de trabajar sin papeles. Una esperanza fundada. Hasta más allá del Sahara ha corrido la voz de que en este rincón de la eurozona hay patrones que no preguntan ni el nombre de su empleado, flagrante abuso laboral a ojos de Bruselas y, a la vez, grieta en la coraza de la UE por la que cualquier indocumentado con suerte puede dar con el contrato que le saque del limbo social. 

Pero esa espera se hace por lo general eterna y espinosa, años en condiciones inciertas sin derecho a más que no tienen por qué llegar a buen puerto: ante la disyuntiva de dar de alta a un jornalero siempre hay otro cerca dispuesto a trabajar en negro. Con tanto joven extranjero sin rumbo fijo incrustado en la vecindad, la política local vive obsesionada con la seguridad ciudadana y la desconfianza social campa a sus anchas en un entorno tan visiblemente propenso a la segregación. 

A modo de decorado fidedigno, por no decir distópico, una fulgurante vorágine de plástico fagocita el paisaje sumiéndolo en un hedor ácido y persistente. Todo indica que a la prosperidad que conlleva haber transformado un yermo en prolífica huerta, como es el caso, cabría restarle el efecto contrario de esta empresa seudoagrícola rayana a todas luces en el ecocidio. Hay plástico hasta en la sopa. Fuera de los invernaderos, cantidades ingentes de material residual parecen sostener vida propia a merced del viento y el agua. Buena parte acaba encallado en las ramblas, desde donde prosigue su camino hacia la costa.


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