GUARDA GITANO

Una mejora de la infraestructura eléctrica es una gran noticia en El Puche, la barriada de Almería capital más alejada del centro. En el local donde se reúnen cada tarde los compadres gitanos no se habla de otra cosa. A tiro de piedra, en medio del descampado que marca el límite de la ciudad, los servicios oficiales descargan ya el equipo y los materiales para la obra, una renovación en toda regla a tenor del despliegue: maquinaria pesada para abrir agujeros y zanjas, y unas grandes cajas herméticamente cerradas que según comenta a la mesa de dominó contienen ‘cientos de metros de cable conductor’.

Quien más quien menos en la partida ha sido o es chatarrero, el explorador urbano por excelencia, siempre ávido de desechos de metal. Parece normal que entre el golpeteo de las fichas, los jugadores no cesen de estimar el valor supuestamente ‘astronómico’ del cobre que permanecerá depositado en la obra, día y noche, una temporada. Pero la animada tertulia pone también de manifiesto que las autoridades pueden dormir tranquilas. Así, con los técnicos montando ya la cabina del vigilante, la mesa entera la toma con Juan, uno de los jugadores: “primo”, bromean, “ahí tienes tu nuevo piso de soltero”.

Juan, el guarda contratado por la obra, no necesita un apartamento de soltero o algo por el estilo ya que vive felizmente con su esposa. Pero, por otro lado, también es cierto que ella no está bien últimamente, aquejada de una fuerte depresión, y no le vendría mal un poco más de espacio hasta sentirse mejor. Además, el par de meses de vigilante, previsiblemente tranquilos, lo serán también de merecido descanso para un hombre ya en sus cincuenta, muy machacado por todos estos años recorriendo la ciudad en su vieja bicicleta, hurgando en los contenedores de basura de la clase media almeriense para ver si encuentra algo que su mujer pueda malvender más tarde a los inmigrantes del barrio. Con ella en sus horas bajas, el momento resulta perfecto para que la casa disponga por fin de un sueldo. En otras palabras, muy lejos de ser un consumado especialista en seguridad, Juan cumple con el requisito esencial de un buen vigilante de obra en un barrio marginal: ser alguien a quien nadie quiera perjudicar. Y no solo por su intachable reputación de vecino digno y ejemplar, como su esposa e hijos, siempre exquisitos en el trato, sino también por pertenecer de cuna a un clan orgulloso y aguerrido que ya ha dejado claro en el pasado lo mal que pueden acabar las cosas cuando se les falta al respeto.

Así que, a fin de cuentas, quien realmente cuida del cobre de la Junta es el barrio, si bien es verdad que los muchos ojos que velan por el bueno de Juan tampoco le quieren ver dormido en los laureles. Cada noche le supone un reto. Si el patriarca necesita un respiro bien entrada ya la madrugada, uno de los hijos le releva patrullando linterna en mano el perímetro de la obra, o agazapado en la sombra tratando de detectar algún movimiento sospechoso que le obligue a dar la voz de alarma. El día resulta mucho más llevadero con el trajín de la jornada laboral, el almuerzo en casa y las visitas que suelen acudir al caer la tarde, alguno de sus compadres quizás que le echa de menos en la partida. Pero la cabina del guarda no es lugar para juegos de mesa. Las únicas distracciones toleradas aquí son un viejo televisor medio resucitado de la basura y un altavoz portátil del que no cesa de brotar a todas horas ‘el mejor cante jondo’. El mejor según Juan, claro está.

Y es que en materia flamenca como en todo lo demás, ‘el primo Juan’ es tenido entre su casta por ‘muy suyo’, poco amigo de calentarse la sangre a no ser que, por ejemplo, alguien se las venga dando de ‘calé’ poniendo al Polaco más arriba que a Morente o mentando por enésima vez los devaneos de Camarón con los payos. “No conviene confundir”, le suelta Juan a un pariente, “ser más gitano con ser un cateto”.

Con la obra ya completa y la nueva iluminación a punto, llega el momento de devolver la llave de la cabina. Puestos a hacer balance, Juan admite que echará a faltar su ‘piso de soltero’, pero a tenor del cálido apretón de manos con el encargado, se le ve también contento de acabar. Ahora que su mujer ha mejorado el ánimo, dice, se siente con ‘toda la fuerza del mundo’ para volver a su amada rutina: levantarse al amanecer y perderse por la ciudad en su vieja bicicleta soñando que ese día dará con el ‘tesoro’ enterrado en la basura que le deje de una vez en paz. ©flc54

 

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