EL GRAN ZOCO DE BASURA

En lo más profundo de una noche de verano sin luna, una sigilosa multitud se va reuniendo en la humilde mezquita Al-Ishan, situada en los bajos de un edificio de vivienda protegida, para recibir entre oraciones y hariras un nuevo día de Ramadán.

Estamos en El Puche, un suburbio en las afueras de Almería capital donde una numerosa comunidad norteafricana vive desde hace un par de décadas acosada por el desempleo o, en el mejor de los casos, por las prácticas cuasi esclavistas de la industria del invernadero. Afuera, en menos de una hora, el más que previsible sol ardiente hará la vida muy dura a todo aquel que pretenda pasarse el día sin comer ni beber. Parece lógico pensar que la congregación de la mezquita rompa filas y se refugie bajo techo para esperar pacientemente la puesta de sol. Pero no todos en esta robusta hermandad tienen tal idea en mente.

Almeria, Spain. Ramadan night./ Noche de Ramadán.

Un joven estudiante de origen saharaui llamado Shafik El Mehdi, inmigrante de segunda generación, sale de la mezquita y camina hasta un descampado que marca el límite oriental de la ciudad, ocupado ya a esas horas por un barullo medio invisible de motores y voces, y el nervioso movimiento de haces de linterna. El incipiente fulgor del alba va tiñendo gradualmente un vasto océano de mercancías dispuestas en el suelo para la venta, a merced de las despiadadas rachas de viento. El Mehdi se mueve arriba y abajo por el pedregoso terreno embozado en su chillaba bereber, saludando uno a uno a los vendedores en árabe o en castellano según el caso. Algunos le responden con indiferencia, incluso desdén. Otros asienten con aire resignado y le alargan un puñado de monedas. 

Por mucho que parezca un mendigo, El Mehdi se define a sí mismo, con un guiño de complicidad, como un “emprendedor”. Su campo, afirma, es el único recurso verdaderamente democrático, según él, de la eurozona: la basura. A media que la ardiente esfera azulada se remonta sobre el horizonte, con las primeras oleadas de visitantes inundando la escena, resulta evidente que la basura es, en efecto, el gran protagonista de este masivo evento. A lo largo de la semana, un ejército de buscadores se ha dedicado a hurgar con lupa en los contenedores de desperdicios de la clase media para luego ofrecer aquí sus cosechas cada mañana de domingo a un precio irrisorio. En dicho contexto, el emprendedor El Mehdi camina un paso por delante que el resto del mercado.

Conviene aclarar que esta es una concentración ilegal ante la que las autoridades locales tratan de hacer la vista gorda. Los políticos estiman que, dada la precaria economía de la población inmigrante, intervenir contra esta fuente de supervivencia tan vital podría ser proclive a disparar unos índices de criminalidad marginal ya de por sí elevados. Pero si bien la policía se mantiene de momento al margen, a pesar de que no solo se comercie con inocente basura en este descampado, la otra cara de tanta flexibilidad es que tampoco los servicios municipales de limpieza hacen acto de presencia.

La situación dio a El Mehdi una idea que arriesgaba no solo el futuro del mercado, sino también la relación del joven con familia y vecinos. Ni corto ni perezoso, acudió a la prensa y relató a un asombrado periodista como al final del día, el gran zoco de la basura de El Puche quedaba reducido a un reguero de todo tipo de porquerías a merced del ventoso clima almeriense, inundando cada recoveco de la vida cotidiana del barrio. Su angustiados padres, dice el joven, le querían echar de casa. Con la historia de portada en los kioscos, Shafik El Mehdi recuerda como se pasó un día entero con la frente pegada en el suelo.

Por fortuna, sin embargo, el escándalo público causó el efecto deseado. Las autoridades reaccionaron enviando equipo para limpiar el desastre acumulado, advirtiendo que más basura por los aires supondría una clausura inmediata e irreversible. Era la oportunidad para El Mehdi de presionar a los vendedores, recortes de prensa en mano, para pagar una cuota, con la promesa de ocuparse él mismo de reunir una pequeña cuadrilla que adecentara el descampado. Aun admitiendo que parte del mercado persiste en no darse por enterado, la modesta recaudación semanal permite al joven poner un grano de arena en lo que él considera su “más sagrado deber como ciudadano europeo”: asegurar el futuro de la mezquita Al Ishan. ©flc54

 

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