EL MURO
Tras una penosa travesía del Sahara contra viento y marea, el fulgor de la tierra prometida se adivina en el horizonte. Pero por mucho que la costa norte de Marruecos dispare el optimismo, el problema sigue siendo cómo afrontar el astronómico precio del pasaje clandestino para cruzar el mar. El plan B de entrar en Ceuta o Melilla, los enclaves españoles cercados por una valla fronteriza, conlleva la temible perspectiva de un cuerpo a cuerpo con agentes armados o de dejarse la piel en las afiladas concertinas, lo que reserva esta opción a los más fuertes y temerarios. Para el resto, en especial mujeres y niños, el escollo final del Mediterráneo se erige como un muro colosal e intentar penetrarlo equivale por lo general a una larga espera deambulando por el litoral, haciendo dinero como sea en un entorno hostil, infectado por el racismo impune y la trama del tráfico humano. Esta galería de imágenes se centra en la resistencia a servir de mercancía: jóvenes apostados a tiro de piedra de Melilla, dispuestos a jugárselo todo en la valla, y mujeres rotas tras haber sido vendidas al mejor postor por su gente de confianza, rescatadas por actos de solidaridad que tratan de ampararlas de su miseria. Para todos ellos, el destino Europa se siente ya no tanto como el sueño dorado que propulsó el viaje, sino más bien como el único remedio para curarse del temor a vivir otro día.