EL MURO
Tras la heroica travesía del Sahara, la tierra prometida se siente ya tan cerca que hasta hasta se puede divisar en un día sin bruma. Todo en la fulgurante costa norte de Marruecos invita al optimismo, excepto el precio astronómico del pasaje clandestino hasta la otra orilla. Una opción habitual es engancharse a la trama del tráfico humano, diesel de este inagotable flujo migratorio espoleado por la explotación organizada de una juventud pletórica, desesperada por salir de África. A pesar de las pocas millas marítimas que restan, el escollo final del Mediterráneo se erige de pronto como un muro colosal y la espera para intentar penetrarlo tiende a alargarse, años incluso, haciendo dinero como sea en un entorno hostil, proclive a la violencia sexual y racista. El destino Europa parece ya no tanto el sueño dorado que propulsó el viaje sino más bien la única vía para librarse de la losa del miedo. Pero ante tal grado de vulnerabilidad no falta tampoco el coraje para negarse a servir de mercancía humana. Esta galería de imágenes, elaborada en los bosques circundantes de Oujda y Melilla, muestra mujeres rotas, decepcionadas tras haber sido vilmente usadas y abandonadas, rescatadas del camino por actos de solidaridad que las animan a volver a casa, o jóvenes dispuestos a volar sobre la valla fronteriza en alas de su último aliento, aún a riesgo de dejarse la piel en las concertinas.