TURISMO ETERNO
Aun fuera de temporada, el torrente turístico discurre por el centro histórico de Roma como sangre por las venas. Una sola jornada en alas de esta boyante industria basta y sobra para captar que lo que debería ser una suerte económica, acaso propiciada por las deidades del Panteón, parece más bien un burdo hackeo a la diosa Fortuna: dinero rápido a cambio de oferta masiva, especulación urbanística, residentes atormentados, hostelería mediocre a precios de guía Michelín y una impresión generalizada de pequeñez cultural en uno de los entornos culturales más exuberantes del mundo. Pese al bonito envoltorio de dulce decadencia, cuesta evitar la corazonada de que la Ciudad Eterna afronta un futuro amenazador o, dicho en términos cinematográficos (subgénero zombies en este caso), un riesgo considerable de mutar en desalmado decorado viviente para el resto de su famosa eternidad.