VIDA TURÍSTICA
Como el zoco o las llamadas al rezo desde los minaretes, el turismo masivo forma parte tal indisoluble de la vieja Medina como el aire que se respira. En pleno Ramadán, el día transcurre con su vibrante rutina: mercados abarrotados, el incesante martilleo de los caldereros y el persistente aroma de las curtidurías. Las compactas oleadas que entran y salen de las mezquitas se entremezclan con el ir y venir de cúmulos de turismo multinacional pendientes ante todo de la banderita del guía. En medio de la soleada Plaza Safarine un nutrido grupo de aspecto centroeuropeo se detiene en torno a un calderero que templa una pieza descomunal sobre un hornillo. El guía, un joven marroquí en flamante chilaba color añil, da indicaciones en alemán: «son ustedes libres de fotografiar a su antojo». Ni el enjambre de cámaras que le encuadran saca al artesano de su labor. Ni una mirada, ni un triste «salam aleikun» que indique contacto. Pero el término ‘decorado viviente’ que sugiere la escena y que hace a Fez tan atractiva para la industria turística podría aplicarse también a la manera en que los residentes perciben esta incesante avalancha: una masiva fuente de ingresos, controlada para que moleste lo justo. De hecho, fuera de las horas laborables de los guías, y especial tras la puesta de sol, la Medina recupera su genuina atmósfera musulmana. Con la inmensa mayoría de los extranjeros refugiados en alguno de los miles de airb’nb y similares que minan de arriba abajo la ciudadela, el colorido ambiente callejero vibra a la luz rojiza de las farolas, aparentemente ajeno a signo alguno de gentrificación.