ORO VERDE
Mientras las exportaciones de hachís marroquí no paran de crecer, el valle de Ketama enferma de gravedad. Hasta hace medio siglo, este glorioso escenario alpino en la cadena montañosa del Rif atraía a una bohemia europea hechizada por un destino tan cercano y espectacular, notorio además por el tradicional cultivo de cannabis sativa*, un cáñamo psicoactivo cuya picadura, el kif, se fuma en pipa. Su consumo recreativo por todo el Magreb abastecía la vida sencilla de pueblos y aldeas a base de explotaciones familiares, ubicadas en claros de los frondosos bosques de pino y cedro. A nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido por aquel entonces echar mano de la deforestación masiva para convertir cumbres y laderas en el inmenso solarium que son hoy en día. No al menos hasta la irrupción de las artes asiáticas del hachís en la década de los setenta. Frente al kif, esta pasta resinosa segregada por la flor del cáñamo ofrecía un efecto psicoactivo mucho más potente y duradero, lo que aumentaba dramáticamente su rentabilidad. La única pega era que su producción requería vastos cultivos abiertos al cielo azul más todo el agua disponible en el entorno para regarlos durante meses, mezclada a menudo con fertilizantes y pesticidas que arrasan con la diversidad. Del mismo modo, la instauración del imperio de las mafias arrasó hace ya tiempo con el turismo.
*La cannabis sativa, una planta con propiedades psicoactivas original de Asia, se plantaba ya en estas montañas norteafricanas antes de la islamización. Al independizarse Marruecos a mediados del pasado siglo, la flamante monarquía quiso prohibir su cultivo pero no tuvo más remedio que otorgar una licencia extraordinaria a un puñado de aguerridas cabilas (o clanes bereberes) de la región de Ketama a cambio de mantener la fiesta en paz. Las artes del hachís, o extracción de la resina que segregan las flores de la planta, fueron introducidas en la zona dos décadas más tarde por viajeros occidentales que las habían aprendido en Asia central u Oriente próximo. Para producir un kilo de resina se precisan unos ochenta de planta. Se estima que Marruecos exporta ilegalmente unas 20.000 toneladas al año.