
LA SUERTE DE ANDREI
Ni lo remoto del enclave ni su naturaleza implacable libran al valle de Inguri, en el alto Cáucaso, de los rigores de la globalización: pueblos abandonados y en ruinas, servicios vitales como la sanidad o el transporte público prácticamente anulados y un turismo exacerbado en los últimos años por la apertura del aeropuerto internacional de Mestia. Andrei, un nativo de sesenta y tantos años, ha vivido en sus propias carnes los que él mismo define como «una caída sin fondo»: de heredar bien joven una próspera hacienda ganadera en los tiempos de la Unión Soviética a que su establo y sus tierras trabajadas durante décadas de sol a sol no le den «ni para arreglarse la dentadura». Lo único que le ayuda a mantenerse a flote hoy en día es el alquiler ocasional de una habitación acondicionada para turistas. De hecho, su plan a corto plazo es deshacerse de todos sus animales. Pero lo que peor lleva, según dice, es su «inesperada» soltería. En este sentido, con la creciente presencia en el valle de mujeres extranjeras, su confianza se mantiene en alza ahora que ya no precisa de una compañera dispuesta a tirar de vacas.