LLUVIOSA MAÑANA DE DOMINGO EN LA CARA OSCURA DEL EURO

Mientras un copioso frente de lluvia fina y persistente bendice un día más la sedienta geografía almeriense del bajo Andarax, un grupo de jornaleros agrícolas ve pasar su triste mañana de domingo refunfuñando en árabe bajo un penoso toldo de cafetería en El Puche, el barrio más musulmán y deprimido de la capital andaluza. Aquí la oferta laboral se reduce prácticamente al trabajo eventual de invernadero, lo cual implica que, con la cosecha del tomate trastornada por el temporal, más de uno lleva demasiado tiempo sin cobrar. Para colmo, queda suspendido el mercado, la guinda de tanta tristeza imperante. 


Un par de horas antes, el trabajoso amanecer revela un puñado de valientes encallados en el barro del descampado donde tiene lugar normalmente el mercado. Se trata de hasta familias enteras que llevan horas aguantando estoicamente en la furgoneta, si es que la tuvieran, guardando con celo una parada en la que aspiran a vender durante la mañana sus cosechas de basura obtenidas en los contenedores de la clase media. Este zoco equivale a menudo a la única oportunidad disponible para afrontar dignamente otra semana.

Por mucho que el sol se resista a dar la cara, no todo son penurias bajo el incesante aguacero. Bien entrada la mañana, sin otros mercaderes ya a la vista, un puesto permanece firme en medio del descampado, despachando gallinas como quien reparte caramelos. Al límite ya de las existencias, un empapado cliente marroquí agradece la suerte de “tener a mano al tío Juan”, a la vez que inmoviliza con cinta adhesiva las patas de su desdichada compra: “en un día como hoy”, afirma satisfecho, “nada mejor que un buen caldo”.

Tantos años trapicheando con ganado le confiere al viejo Juan gran importancia entre la vecindad magrebí de El Puche. La presencia de su furgoneta antidiluviana repleta de animales se torna providencial en fechas señaladas como el Eid al Adha, la fiesta mayor del Islam, cuando tantas familias del barrio se sienten obligadas por precepto divino a desangrar un macho ovino. Más que sus precios, evidentemente amables, el triunfo del curtido buhonero clandestino reside en propiciar un bien cultural prohibitivo hoy en día para el musulmán urbano de la eurozona: el matar su carne en casa.

Pero lujos aparte, el valor del euro en este anárquico mercado es su ductilidad para ser fraccionado hasta la saciedad de modo que pueda circular con fluidez de mano en mano. De ahí que el domingo que viene, con la venia del tiempo, la furgoneta de Juan con su roja y gualda a brocha gorda volverá a ser un islote en el colorido océano de basura que inunda este suburbio cada fin de semana. Céntimo a céntimo, buena parte de estos residuos resucitarán a su anterior existencia como bien de consumo. Lo inservible, toneladas de plástico mayormente, acabará esparcido por el paisaje a merced de los elementos, si no en el seno del río Andarax, un cauce generalmente seco, convertido desde hace años en un vergonzoso vertedero infestado de ratas. Claro que, de seguir lloviendo así, el río se bastará por sí mismo para librarse una vez más de la inmundicia, dispersándola por los confines de la cercana bahía. ©flc54

Cauce del río Andarax a la altura El Puche. ©flc54

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