HAPPY A TRAVÉS DEL MURO

Uchda, noreste de Marruecos. Una fría mañana invernal un joven mendigo nigeriano me aborda en las calles de la anciana ciudadela con su mano extendida y nos sentamos frente a un copioso cuscús con cordero. Está hambriento. Comemos sin apenas mediar palabra, conscientes de ser el foco de atención en un bullicioso local que vive de la actividad del zoco. Ya con el té, me intereso sobre su situación y me dice en voz baja dos cosas. Una, que necesita imperiosamente hacerse con una pequeña barca hinchable con remos. Dos, que al abandonar el comedor le siga por la calle a una distancia prudencial. Sus pasos me arrastran por el laberíntico mercado hasta el exterior de las murallas, a una parada de autobuses urbanos donde el joven se abraza a una mujer de su misma edad que porta un bebé a la espalda. Acto seguido, suben a un autobús abarrotado al que consigo agarrarme por los pelos.

Somos los últimos en bajar en una remota parada donde ya no existen ni marquesinas ni calles. La calzada urbana se deshace en arena bajo nuestros pies y se ramifica en un entramado de sendas que penetran en un bosque de pinos. Avanzamos en silencio por un entorno sumido en la neblina, plagado de basura esparcida por el viento y osamentas de animales grandes semienterradas en montículos de agujas secas. Se percibe presencia humana entre los troncos, figuras que tan pronto parecen estar como haberse disuelto con el siguiente pestañeo. Junto al camino, un burro desahuciado con la rodilla tronzada nos contempla desde el suelo con una gran expresión de calma en los ojos. De pronto, como por encanto, el tétrico bosque se transforma en un no menos inquietante campamento de chabolas construidas con rama de pino, plástico con logos de oenegés y mantas de lana a modo de aislante. El joven deja a su familia en una de las chozas y me lleva hasta otra más grande, perfectamente orientada al camino, para presentarme, dice, “a la autoridad”. 

“Yo ya estuve en Europa. Viví allí varios años pero un mal tropiezo con la ley me devolvió a Nigeria. Ahora ya estoy viejo para enfrentarme de nuevo al mar. Lo que hago aquí es ayudar a estos jóvenes a cumplir su sueño”. El monólogo del mandamás del poblado se ve constantemente interrumpido por el entrar y salir de niños de corta edad, todos al cuidado de su esposa, una joven a quien dobla en edad. Un revoltoso bebé de poco más de un año resulta ser hijo de ambos. El resto se pasa el día esperando a que sus madres regresen de mendigar por la ciudad. Aunque el entorno forestal se antoja idóneo para el juego, los niños tienen estrictamente prohibido revolcarse en el suelo, plagado con un infinito enjambre de diminutos insectos que arrasan la piel. De cuando en cuando, algún joven residente entra en la estancia, deposita un módico importe sobre la mesa del jefe y se lleva una minúscula provisión de hachís.

Un alboroto en el exterior quiebra la calma crepuscular. El líder del poblado se incorpora alarmado y me insta a que acompañe al joven que me ha traído al poblado hasta su morada, una de las chabolas periféricas. Mientras me retiro tratando instintivamente de pasar inadvertido, veo aproximarse por el sendero a un grupo de mujeres cargadas con bolsas de viaje. Dos hombres cierran el grupo como si guiaran un rebaño. Los hombres acuden al encuentro del mandamás y se funden con él en un abrazo. Mi intención de fotografiar la escena se frustra al tercer o cuarto click con un persuasivo empujón que me arroja al cavernoso interior de la chabola: “mejor que no te vean aquí”. 

Las primeras horas de la noche transcurren entre susurros. Con el bebé durmiendo ya plácidamente al temblor de las velas, la madre habla de su odisea a través del Sahara, “dos largos meses de miseria” que daría cualquier cosa por olvidar, y como el alivio que sintió al llegar a Marruecos se tornó enseguida pesadilla al verse “sola y atrapada ante el muro infranqueable del mar”. Si bien agradece al cielo el haber dado con un hombre que la proteja, añade, su viaje a Europa no ha dejado de ser “una angustia permanente”, más aún desde que dio a luz. Y no es de extrañar, dadas las perspectivas de futuro para la familia. Madre e hijo embarcarán pronto en una arriesgada travesía clandestina hacia las costas españolas, un pasaje demasiado costoso para ir los tres juntos. Como alternativa, el joven planea viajar por tierra a Beninzar, unos 250km. al este, e intentar colarse en Melilla rodeando con un bote hinchable el espigón de la bahía. 

El repiqueteo de la lluvia invernal en la cubierta de plástico invita a quedarse a dormir. De hecho, la morada es amplia, con un espacio entre la entrada y la cocina donde una buena manta haría una buena cama, al menos para una noche. Estas horas de calma resultan críticas debido a que raro es el amanecer en que la policía marroquí no efectúa una de sus redadas a base de palos y arrestos arbitrarios, una estrategia de desgaste que exime a las mujeres y obliga a los hombres a esconderse en el monte como conejos. En tiempos mejores, un emigrante subsahariano de paso por Uchda gozaba de amparo en el campus universitario, pero tal proyecto humanitario pronto degeneró en un inhóspito bastión del crimen organizado y los menos osados buscaron refugio en los bosques circundantes bajo el frágil patrocinio de oenegés extranjeras. La proliferación del tráfico de personas como motor principal de este flujo migratorio ha acabado otorgando también a los gánsters el control de estos asentamientos en las afueras, apeaderos apartados donde retener mercancía humana antes de encontrarle un destino final.

Al día siguiente, el poblado bulle con actividad. Algunas de las muchachas recién llegadas se alejan cargadas de contenedores de plástico hacia la fuente más cercana, situada a varios kilómetros. Las más jóvenes se quedan trabajando entre pelucas multicolores y estrambóticos vestidos de pega con vistas a una fiesta prevista para la tarde, bajo la atenta supervisión de una mujer de mediana edad con maneras de matriarca. La fiesta es un evento subsiguiente a cada nueva remesa de mujeres con el fin de presentarlas en sociedad. El gélido ambiente emana entusiasmo adolescente. Nadie diría que estas muchachas acaban de ser transportadas como ganado a través del Sahara.

A medida que avanza la mañana, los residentes masculinos van regresando de su cotidiano rifirrafe con la policía. Ser capturado no es ninguna broma ya que puede acarrear fácilmente algún hueso roto o, como mínimo, acabar abandonado en la tierra de nadie de la frontera argelina, dominio de contrabandistas y ladrones desde donde más de uno ha tenido que caminar sin zapatos los más de 15km. de vuelta al poblado. A pesar de haberse pasado las últimas horas perseguido como un animal, el mandamás se comporta como un caudillo, repartiendo órdenes a diestro y siniestro como si le fuera la vida en ello. Viéndole actuar, resulta obvio lo mucho que aquí van unidos la supervivencia y el dominio sobre las mujeres.  

Los dos padres y el bebé ya se han marchado. En su lugar, la chabola está ocupada por una joven que reposa en el camastro rodeada de enseres de viaje entre los que destaca el color rosa y los reconocibles logos de marcas. Su hermoso rostro muestra señales de haber sido violentada, empezando por la inmensa tristeza en los ojos. Según cuenta, su firme decisión de renunciar al sueño europeo y regresar a casa se ve truncada por la deuda adquirida tras la travesía en coche del desierto. Sin recurso alguno para pagar, su única vía de escape parece pasar por prostituirse en Marruecos, algo a lo que se niega en redondo. “Nunca imaginé”, dice con una brutal mueca de resentimiento, “lo que nuestros hombres podrían ser capaces de hacer con nosotras”.

A punto ya de dejar el poblado, su hombre fuerte me cita en privado y me muestra la fotografía de una joven supuestamente llamada Happy: “necesito que me hagas un favor importante”. La historia de Happy rezuma tragedia, aunque también arroja un tenue rayo de esperanza. Pasajera, según escucho, en un naufragio ocurrido días antes en alta mar con decenas de desaparecidos, el favor consiste en averiguar en España si la joven pudiera encontrarse entre los pocos supervivientes. En la morgue de Salvamento Marítimo en Motril, la organización que coordinó el rescate, reposan los cadáveres recuperados en el siniestro pero ninguno coincide con las características de la foto. Según el informe del caso, de las tres mujeres que lograron sobrevivir solo una pudiera ser ella; una adolescente embarazada que, en palabras textuales de un reservado agente de la Guardia Civil, “probablemente disfruta de su nueva vida en paradero desconocido”.  ©flc54

*La mayor parte de las imágenes que ilustran este reportaje fueron obtenidas con anterioridad al invierno de 2016.

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