LA DECISIÓN DE NODARI

Alta Svanetia, Georgia. Pieza a pieza, el antiguo pajar se ha ido transformando en un depósito de materiales de construcción entre los que aparece claveteado en la pared un cadáver de buitre con las alas extendidas cuya envergadura bien pudiera alcanzar los 3 metros. Los restos mortales tienen aspecto de llevar una eternidad en proceso de momificación, pero según Nodari Shengelia, el dueño de la hacienda, “no permanecerán ahí mucho más tiempo”. Su decisión de cara al invierno, asegura, es acometer una empresa sin precedente en esta aldea caucasiana de cuatro casas y un pequeño cementerio ante el que todo el mundo se persigna al pasar: la construcción de un cuarto de baño estilo occidental. Los vecinos le miran con un poco de recelo, dado lo bien que le vendría a su maltrecha ganadería una pequeña inyección de capital. Pero con el mercado agropecuario por los suelos y de mal en peor, nadie ve ya raro tampoco la moda de alquilarle la casa a un extranjero solvente con ganas de disfrutar este paraíso a 2000 metros sobre el nivel del mar.

Y no es que el turismo alpino sea algo novedoso en la alta Svanetia, destino vacacional favorito ya en tiempos soviéticos. Hoy en día, los carteles en inglés y en ruso anunciando un hostal familiar proliferan como setas a lo largo de las carreteras. Mestia, la capital regional, se ha erigido, con sus famosas torres medievales, en un referente turístico que presume ya de flamante aeropuerto. Entre la ociosa avalancha internacional, no falta quien se aventure lejos de las rutas habituales y dé con lugares que apenas se distinguen en el mapa. Así fue como, a mediados del verano, Shengelia tuvo la inesperada ocasión de hospedar a un extranjero en casa. Una huésped, para ser precisos. La taciturna aldea parecía de pronto muerta de curiosidad.

La visitante resultó ser una curtida viajera germana que iba de paso a Europa desde Nepal a quien la falta de televisión, internet o agua corriente le traía sin cuidado. Como tal, pasó a ser instruida con sumo detalle acerca del ancestral protocolo doméstico para el aseo personal: hacer un buen fuego en el horno, ir a la fuente a por el agua, calentarla y moverla en una pesada cubeta a un lugar apartado donde lavarse tranquila, como debían haber hecho, a todas luces, las difuntas mujeres de la casa. El último ya de la estirpe, cincuentón y más solo que la una entre sus vacas y quesos desde que la hermana mayor muriera soltera años atrás, recalca como nada parecía contrariar a su inesperada huésped europea, “una dama fuerte, buena ruso-parlante además”, en palabras textuales, y como, desde el mismo momento en que ella puso pie en la aldea, “paró de llover”. 

Al tercer día de sol implacable, los ganaderos del valle se movilizaban para rescatar el heno que la tormenta había dejado esparcido en el prado. Los pajares son clave aquí para vencer al largo y penoso invierno. Las cargas de hierba seca se mueven por el paisaje en unos pesados artefactos de madera hechos en casa -una especie de trineos de secano- arrastrados por parejas de bueyes. Esa mañana muy temprano, Nodari Shengelia había salido cordel en mano en busca de uno de sus dos animales de tiro, un viejo macho que se pasa los meses de buen tiempo en semilibertad, con reputación de perderse en la espesura en cuanto huele trabajo. Horas más tarde, con el sol penetrando como cuchillos en la sombra de los avellanos, el ganadero se detuvo tan en seco en el sendero que la bestia rojiza que traía de ramal le fue a hincar un cuerno en las costillas. Ni eso le sacó del asombro. La escena que presenciaba tenía lugar a una distancia considerable, al fondo de una frondosa hondonada por la que discurría un arroyo; algo que solo la vista acostumbrada de un curtido montañés hubiera podido detectar en la deslumbrante espesura. Era ella, sin duda, agachada en el agua. No quiso mirar más e intentó seguir hacia la aldea. Entre su corazón desbocado y la desgana del buey, se alejó con la impresión de haber sido descubierto.  

Ya en casa, Shengelia se tomó su tiempo para aparejar los animales y comer un poco con vistas a la tarea que le esperaba en el prado. Justo cuando se disponía a salir, apareció la huésped en el corral, secándose aún el cabello. No se habían tratado mucho durante esos tres días. Brevemente por las mañanas, un rato luego a la cena y poco más. Esta vez, ella se ofreció a acompañarle al campo. Él no supo negarse, invitándola con un gesto grave a que subiera en el trineo. Una voz de mando y una vara de avellano en todo lo alto espolearon a los bueyes por una senda endiablada, imposible para la rueda. Aparte de polvo y sudor, la luminosa tarde transcurrió envuelta en un aire adolescente, hasta culminar con el feliz rescate de hembra de ciervo volador cuya torpeza en el aire crepuscular la había ensartado en la púa de un alambre de espino. Esa misma noche en la cocina, mientras la mujer preparaba una infusión, él dejó caer con cierto tono de reproche que la vida en la montaña implicaba “pensar en la gente que vive más abajo en el valle, junto a la corriente”. Ella reaccionó mostrándose por primera vez seria y circunspecta, como si hubiera comprendido de pronto la clase de mal que podría estar causando con lavarse en el arroyo. Sea como fuere, no tardó en anunciar que debía irse a la mañana siguiente, si bien no descartó “volver algún día”, según enfatiza el triste relato del solitario anfitrión. Con todo, a tenor de la gran esperanza que se respira en la casa, no resulta difícil entender la importancia de que ese cuarto de baño con indoro y ducha esté listo antes de que la primavera reabra las rutas del Cáucaso y fuera posible regresar. ©flc54

 

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