LA REINA DE LA MONTAÑA

El singular enclave, un majestuoso valle alpino situado en las montañas del Rif, al norte de Marruecos, aparece engalanado con una rica gama de verdes, del perenne verdor de las coníferas al rojizo fulgor otoñal de vastas plantaciones de kif, un cáñamo psicoactivo, listas para la cosecha. 

Al pie de una aldea con tejados de hojalata, media docena de mujeres se apresuran hoz en mano poco antes del anochecer. Sus hijos juegan al que te pillo, con los mayores pendientes de que el resto no se confíe al borde del barranco que pone fin a la finca. De pronto, las madres detienen la algarabía y un hombre ya mayor inspecciona la labor como salido de la nada. Se le ve satisfecho, alabando al cielo, dice, por una de las mejores cosechas que recuerda. Los niños van emergiendo de la plantación con aire sumiso, guardando la vez para besar la mano del anciano y susurrar su nombre: Sidi Jamal. Con la resquebrajada megafonía de una pequeña mezquita inundando el valle, las mujeres vuelven a casa en fila india con pesados haces a la espalda. 

0102DSC_0845 copiaDSC_2440 copia Ese mismo día en Issaguen, el desvencijado núcleo mercantil no lejos de la aldea, conocido antiguamente como Ketama, la terraza entera de un café parece absorta ante la parada de autobuses del otro lado de la calzada. La súbita llegada de pasajeros desde la costa más la presencia de un solitario occidental poniendo pie en tierra despeja las mesas en un instante. Sin ni siquiera tiempo para colgarse la mochila, el joven viajero se ve rodeado por un enjambre de candidatos a hospedarle en el paraje de montaña más hermoso que pueda imaginar. Su indecisión desata un feo tumulto, algún que otro empujón incluído, hasta que un corpulento individuo echa mano a la mochila y arrastra a su dueño por el pueblo hasta otro cavernoso cuchitril sumido en humo, abarrotado con partidas de cartas y dominó. Una sonrisa barbuda invita a los recién llegados desde el fondo del local. El nuevo anfitrión no pierde un instante: “apostaría a que te va el surf”, le dice con un guiño al extranjero. Un tímido “si”, casi imperceptible, provoca un sonoro brindis con té de menta que no pasa desapercibido en el resto las mesas: “¡Bienvenido a Ketama, amigo! Estás en tu casa”. 

Acto seguido, como por arte de magia, media docena de guijarros de dorado a negro azabache reposa entre los vasos de té. Las piezas, al parecer, tienen nombre asimismo: marroquí, jamaicano, mexicano, hardala o “el mejor hachís del mundo”, como se escucha una y otra vez. El viajero sigue con atención como una de las piedras es calentada con un encendedor y mezclada minuciosamente con tabaco. Su reticencia a fumar enturbia otra vez los ánimos. Poco ayuda además el efecto pastoso del té hiperazucarado. Inesperadamente, sin embargo, el joven encuentra un as en la manga con su lengua de trapo: “Kebdani. Jamal Kebdani. ¿Le conocen?”. La pregunta paraliza la mesa un instante:”¡¿Kebdani?! Al diablo con ese viejo”. De pronto, dos jugadores de una mesa continua se levantan y le exigen al extranjero que recoja sus cosas y les acompañe. Nadie objeta la orden. Afuera, el mundo parece sumido en una súbita y espesa niebla. El trío aborda un decrépito taxi amarillo de fabricación germana que se interna a toda pastilla en una fantasmagórica carretera flanqueada por cedros gigantescos. 

DSC_5356 copia DSC_2224DSC_5973 copiaDSC_2528 copiaLa casa de Kebdani es un sólido edificio de tres plantas, opulento frente a la arquitectura estilo caja de ladrillo que predomina en el entorno. Ciertamente parece la morada del jefe de la aldea. Antes de su construcción medio siglo atrás, los granjeros de la zona vivían ya desde tiempo inmemorial del cultivo del cáñamo psicoactivo, pero solo para la elaboración de kif, como también se le llama a la tradicional picadura de flor de cannabis y hoja de tabaco que se fuma en sepsi, la pipa bereber. Las plantaciones de aquel entonces consistían en pequeñas parcelas camufladas en el bosque y los ingresos eran escasos, procedentes de mover clandestinamente por todo Marruecos fardos y fardos de kif. Jamal Kebdani rememora su infancia como “un calvario sin fin”, “trabajando como una bestia de sol a sol, sin ni siquiera educación para leer el Corán.”

Pero cuando la criba de la resina del kif, o arte del hachís, fue finalmente introducidas desde Asia en los años sesenta, el analfabetismo reinante no parecía obstáculo para jóvenes montañeses ávidos de prosperidad. No inicialmente, al menos. Y es que, todo pintaba a las mil maravillas. El nuevo margen de beneficios frente al kif era fabuloso y la necesidad de mucho más terreno cultivable (se precisaba un ingente volumen de planta para obtener un peso razonable de resina) parecía cosa hecha en las vastas y soleadas pendientes que conforman la orografía local. Por otro lado, conociendo el paisanaje local, parece poco probable que alguien aquí perdiera el sueño ante el riesgo político de consagrar una comarca entera, literalmente hablando, a un cultivo ilegal. No en una cultura como la rifeña, notoria por defender su santa voluntad con uñas y dientes si llegase el caso. Con la porosa línea costera a merced del contrabando, el flamante costo magrebí no tardó en imponerse a sus competidores asiáticos al norte del Mediterráneo. 

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Más aún, el concepto Ketama iba cuajando en la bohemia europea como sinónimo de utopía razonable; un destino exótico y libertario a no muchas horas de viaje. El binomio hachís-turismo comenzó a verse en esta tierra de escasez como un maná largamente añorado. Fue en aquellos años luminosos cuando Jamal Kebdani construyó su nueva casa. El espléndido edificio fue concebido no solo a tono con la familia principal de la aldea, sino también con sus distinguidos huéspedes europeos, lo cual incluía una espaciosa cochera donde hasta cuatro vehículos podían ser manipulados simultáneamente por especialistas en dobles fondos con vistas al paso de la frontera.

Las cosas, sin embargo, se torcieron enseguida. A medida que crecía la demanda exterior, la carrera por incrementar la producción se desbocaba. A la deforestación masiva se sumó el deterioro progresivo de los acuíferos debido a la erosión del terreno y al bombeo feroz. Con las fincas al límite de su rendimiento, nuevas variedades foráneas de cannabis con gran porte fueron introducidas, en un intento de mejorar el discreto rendimiento en peso de la planta nativa. Pero aún generando mucha más resina, estas variedades importadas de climas menos duros precisaban de un largo y plácido verano para alcanzar su plenitud psicoactiva. Un verano que, simplemente, no se da en estas latitudes. A fuerza de priorizar el peso sobre la calidad, la prometedora empresa acabó en lo que es básicamente hoy en día: una multimillonaria estafa basada en resina pobre mezclada con henna, leche condensada, fibra de cristal, polvo de anfetamina, estiércol equino o cualquier otra de las sustancias empleadas regularmente como adulterante o cosmético. Huelga decir que a medida que el crimen organizado iba tomando las riendas, con todo tipo de delincuencia campando a sus anchas por el territorio, el turista europeo huyó espantado. 

Tras el agobio inicial, al joven mochilero se le ve ya calmado, rendido a la hospitalidad de Jamal Kebdani. Su estancia le ha brindado la ocasión de ayudar en las labores del campo o de cribar la primera resina de la temporada. En su tiempo libre ha tenido la suerte de transitar por espectaculares rutas de montaña, o de socializar con la flor y nata de Issagen, para comprender por fin que nadie mejor que la naturalidad de un surfero para colar por la frontera una tabla rellena de hachís. Sus días acaban por lo general en casa, sorbiendo té de menta con la familia en la sala de estar, aliviado por el hecho de que el legendario varón de la droga de quien oyera hablar casualmente en la costa no es sino un gentil patriarca musulman, fiel al proverbio con el que acostumbra a recibir a sus invitados:“un huésped en casa, Dios en la casa”.

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La sala de estar aparece decorada con caligrafía religiosa, retrato de ancestros y ensayos pictóricos con aire místico dejados por otros visitantes occidentales. Pegando al techo, una fotografía nocturna de gran formato muestra a un hombre de mediana edad en traje marrón y gafas oscuras posando con aire altanero frente al neón de un hotel de carretera: Jamal Kebdani tres décadas atrás. Mientras el patriarca admite sentir nostalgia con la imagen, su esposa Amina la relaciona con el periodo “más duro” de su vida. Según cuenta la mujer, la ambición de su esposo por más tierra acabó enfrentándole a unos parientes cercanos, sangre nueva educada en Europa con grandes planes intercontinentales y una fuerte influencia en el corrupto sistema local. Kebdani fue acusado de agresión y al juez no le tembló la mano: cinco años entre barrotes. Según la tradición, la ausencia del patriarca hubo de ser llenada no por su esposa sino por sus hermanos, tres granjeros de poco pelo que sobrevivían hasta entonces con las migajas de la herencia familiar. Su idea del negocio fue sembrar la propiedad familiar con semilla foránea y vender el producto resultante como hachís de primera. Estafa tras estafa, la fiel clientela europea amasada a lo largo de los años se tornó amarga y vengativa. De figura prominente, dice su esposa, Kebdani salió de la cárcel “arruinado y con un precio a su cabeza”.

05 DSC_5759 copia DSC_5766 copiaDSC_5783 copia DSC_1959 copiaPero tanto revés no ha quebrado la fe del viejo agricultor en la vieja semilla autóctona, “la reina de la montaña” como él la llama, o “la madre genuina del auténtico hachís Ketama”. Ahora, con los aires de regularización soplando con brío al norte del Mediterráneo, Kebdani asegura sentirse otra vez viento en popa: “nadie como los europeos”, afirma, “para apreciar un verdadero artículo de lujo”. Tras un mes largo reposando en el granero, protegido a cal y canto del húmedo entorno, el cáñamo seco está listo para ser procesado. Un empleado de la casa fija una tela de criba a una palangana y deposita encima un copioso montón de cogollos secos que queda cubierto a su vez con una lámina de plástico. A continuación, comienza a golpear acompasadamente la superficie del plástico con dos finas varas de avellano de metro y medio de longitud. Minutos más tarde se detiene y destapa la palangana, revelando una capa de arenilla reposando en el fondo. Kebdani hunde levemente la punta de los dedos en el polvo dorado y se lo lleva a la nariz con los ojos cerrados, sonriendo al especiado aroma. “Triste”, dice el veterano agricultor, “que un producto tan natural y beneficioso para la salud se perciba ante todo como una amenaza criminal”. Visto así, al joven viajero no le extraña ya tanto que su amigo musulmán le encargue de Europa “un buen whisky escocés”. “Para el botiquín, por supuesto”, adice Jamal Kebdani, posando la mano sobre su maltrecho corazón bereber.  ©flc54

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